jueves, 7 de junio de 2012

Texto leído en la presentación de "Ladrón de dinosaurios"


Buenas noches a todos.

Hace unas semanas, Marcial Fernández escribió en su columna que aparece en El economista, acerca de la situación de las editoriales independientes en nuestro país, concretamente, hacía referencia a la proliferación de éstas. Tiene razón, y qué bueno, me gusta pensar en ellas como la válvula de una olla exprés que guarda las letras de un país que tiene mucho que decir.

Publicar en esta editorial, Ficticia, me llena de gusto, no sólo porque Ficticia se ha convertido en un referente para los cuentistas de México, sino porque, cuando un editor con la experiencia de Marcial se fija en ti, es difícil no estar agradecido. Ser editor en un país con una política cultural con muchas deficiencias es un asunto de valientes, sobrevivir de los libros en un país que le tapa el ojo al macho becando “Jóvenes creadores” sin preocuparse por hacer“Jóvenes lectores”, es un asunto titánico.

Y hablando de editores, hace unos días pensaba que es precisamente la figura del editor, la gran ausente en los cuentos de Ladrón de dinosaurios. A decir verdad, no sé por qué no se me había ocurrido hacer una historia sobre ellos, quizá, porque por mucho tiempo mis relaciones vivenciales -por así decirlo- con la literatura, se limitaban a los escritores que conocía en persona gracias a las presentaciones de sus libros, y a la convivencia con mis colegas en el taller de Beatriz Espejo en la Facultad de Filosofía y Letras, o en el de Raúl Parra, en Ciencias Políticas.

Fue precisamente en estos talleres donde inició la aventura de Ladrón de Dinosaurios. Decidí que Juan Rulfo, Jaime Sabines, José Agustín, Augusto Monterroso, Mario Vargas llosa y Octavio Paz, entre otros, fueran los personajes de estos cuentos a sabiendas de que atentaba contra las buenas conciencias de la literatura mexicana, y cuando digo las buenas conciencias, no me refiero a ellos, los escritores; sino a toda esa aura que los rodea, aura creada por alumnos lambiscones, funcionarios cuidachambas, lectores en busca de mesías y un sin número de etcéteras que miran o tratan al escritor como un hombre dotado por las musas.

Recuerdo haber leído Los amorosos callan alguna vez en el taller de Beatriz Espejo y recuerdo haber salido mal parado. Los cuestionamientos y críticas rondaban en el tema de la verosimilitud, pues había quienes decían que era fundamental hacer una investigación sobre los gustos y las costumbres ordinarias de Jaime Sabines. A mí, francamente me parecía que si a Jaime Sabines le gustaban o no las paletas de nanche, si era o no, un mujeriego, tal y como afirmo en la historia, es lo de menos; la verosimilitud existía porque existía esa posibilidad dentro del texto.

Algo parecido sucedió con el cuento Santo contra los párvulos, leído en el entonces taller de Rafael Ramírez Heredia. El cuestionamiento era similar: importaba o no que en la llamada vida real, el Santo hubiese tenido una cicatriz en la nalga. Para mí, por supuesto, no importaba, mi Santo, el de mi cuento, tenía una cicatriz en el glúteo producto de un botellazo en el cuadrilátero. En el 2008, ese texto fue reconocido en el Certamen Nacional de Cuento de, quién lo dijera, Beatriz Espejo. A partir de ese hecho, fue recopilado por esta editorial en la antología El espejo de Beatriz y de esa manera, fue que conocí a Marcial, y tiempo después, le entregué una versión de Ladrón de dinosaurios y me dediqué a acosarlo para que lo publicara.

Lo buscaba en los bares y cantinas, lo espiaba en los juegos de su equipo de fut, lo llamaba a altas horas de la noche, enviaba mensajes a su mail con textos que decían algo así cómo, “oiga señor Marcial, ya leyó usted a Eric Uribares, yo creo que debería publicarle un libro...” y bueno, pues tanto va el agua al cántaro hasta que se presenta el libro.

Hace unos días que pensaba en estos textos, recordé, Servicios profesionales, el cuento que abre el libro y el cual fue escrito hace aproximadamente 6 años; en aquel entonces, me pareció que hacer una historia sobre unos sicarios que se anuncian en el periódico como cualquier oficio, resultaba atractivo porque jugaba con el absurdo. Hoy, 6 años y 60 mil muertos después, el cuento podría pasar desapercibido entre las notas de cualquier diario.

Sería necesario decir que, no obstante el buen número de literatura, sobre todo de novelas, que se han escrito recientemente acerca del narcotráfico y la violencia que se vive en nuestro país, la ficción literaria tendrá que buscar nuevos derroteros si quiere mantener su capacidad de revelación ante una realidad que se desbordó, con toda su totalidad y de todas las formas posibles, sobre una sociedad que se ha debatido siempre entre el sueño y la vigilia.

Es un reto para los narradores mexicanos actuales, retomar la supremacía de la ficción sobre la realidad.

Ladrón de dinosaurios no pretende eso. Es la suya una apuesta más humilde, pero muy honesta. Los demás adjetivos les corresponde a ustedes ponerlos.

Muchas gracias.  

Ciudad de México
Palacio de Bellas Artes
6 de junio 2012

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